Renacido Capitulo 2

Capítulo 2: El despertar

El autobús serpenteaba por la ciudad mientras Jun se aferraba a la barra metálica, mirando por la ventana cómo las calles hervían de caos. Las multitudes corrían despavoridas, como si huyeran de un enemigo invisible. Una mujer subió al vehículo de forma abrupta, jadeando, visiblemente enferma. Su rostro estaba cubierto de sudor, y el temblor en sus manos delataba un dolor profundo.

Se acercó tambaleándose hacia Jun y se sostuvo de su brazo.

—P-por favor… joven… ayúdeme… —murmuró con un hilo de voz cargado de sufrimiento.

Antes de que Jun pudiera reaccionar, la mujer se soltó y se quedó de pie en medio del pasillo. Su respiración se volvió errática. Los gemidos se transformaron en gruñidos, y su expresión, antes llena de angustia, se tornó en una mueca de furia inhumana. Su piel palideció rápidamente, y sus ojos comenzaron a opacarse, perdiéndose en un vacío sin alma.

Jun no entendía qué estaba ocurriendo. Por suerte, su parada estaba cerca. Sin mirar atrás, bajó del autobús justo cuando el interior del vehículo estallaba en gritos y golpes. La mujer había atacado a una anciana, y el resto de los pasajeros, presas del pánico, intentaban defenderla. El caos reinaba.

Ya en casa, Jun intentó borrar de su mente lo sucedido. Se encerró en su habitación y se puso los audífonos. Sonaba *Love Buzz* de Nirvana. Solo necesitaba un respiro.

Mientras tanto, su familia cenaba frente al televisor. El noticiero interrumpía la programación habitual con una alerta urgente:

> “Un nuevo virus ha sido detectado. Se solicita a la población mantener la calma. El contagio se produce únicamente por contacto físico. Sigan las recomendaciones de seguridad. Esta es una emergencia nacional.”

Los gritos del exterior volvieron a perturbar la noche. Desde la ventana, Jun vio cómo un vecino —con los mismos síntomas que la mujer del bus— intentaba entrar a su casa. Sin pensarlo, salió a defender a su familia. Pero en el forcejeo, fue mordido.

Con un dolor lacerante subiendo por su brazo, Jun tomó la primera herramienta que encontró y la hundió en la cabeza del atacante. El cuerpo cayó inerte.

—¡Lo lograste! —gritó su hermano menor, mientras sus padres lo abrazaban.

Pero todo cambió en segundos cuando vieron la herida en su brazo. El ambiente se volvió tenso. Silencioso. Frío.

Temiendo por su seguridad, su familia lo confinó a su habitación. Le dejaban comida con precauciones estrictas, evitando todo contacto físico. Jun entendía su miedo. Y, a decir verdad, él mismo comenzaba a tener miedo de sí mismo.

Pasaron las horas. Frente al espejo, notó los cambios. Sus uñas crecían, transformándose en garras. Sus ojos adquirían un tono rojo intenso, sin pupilas visibles. La piel se tornaba pálida, casi translúcida, y las venas se marcaban con violencia bajo la dermis.

El reflejo en el espejo no era humano. Golpeó el vidrio con furia, rompiéndolo.

—"Primero Mizori... ahora esto..."—susurró entre lágrimas.

La calma no duró. Una nueva horda de infectados atacó la casa. Esta vez eran vecinos. La familia intentó resistir, pero no lo lograron. Jun, preso de impotencia, golpeó la puerta desde su encierro. Cuando todo quedó en silencio, rompió la ventana y escapó por el tejado.

Desde arriba, vio a su familia transformada. Ya no eran ellos. Y aunque el dolor lo destrozaba por dentro, comprendió que ya no había vuelta atrás.

Pero algo era diferente: a pesar de estar infectado, seguía consciente.

Camino por las calles infestadas, esquivando a los infectados como si su presencia no los molestara. En una esquina, observó a una familia intentando huir. Al verlo, entraron en pánico. Creían que era uno más. Lo atacaron. Él solo se defendió.

Entonces, los disparos y gritos resonaron. Una figura se movía con precisión, derribando infectados uno tras otro. Era una chica. Ella gritó:

—¡Oh! ¡Otro zombi! ¡Con permiso, gente!

Saltó sobre Jun, clavándolo contra el asfalto. Su rostro cambió al reconocerlo.

—¿Eres… mi compañero? —preguntó, con los ojos abiertos de par en par.

—¡Auch, eso dolió! —gruñó Jun, frotándose la cara.

Ella se quedó muda por un segundo.

—Tú eres... Rumie —dijo él.

—Un... ¿zombi que habla?

El padre de la familia aún apuntaba a Jun.

—¡Niña! ¿Qué haces? ¡Ese zombi te va a atacar!

Rumie se interpuso, decidida.

—¡¿No lo ven?! ¡No quiere atacarlos!

—¿Y cómo podríamos saber eso? —gruñó el hombre—. ¡En plena epidemia no hay zombis buenos!

*No tiene sentido hablar con ellos,* pensó Rumie. Se giró hacia Jun y le sonrió.

—¿Qué te pasó?

—Es una larga historia…

—¿Cómo es que estás tan tranquilo? ¡Estás infectado!

—Y tú eres demasiado relajada para todo esto. —replicó Jun.

Ella lo observó detenidamente, fascinada.

—Vaya, esto es interesante. ¿Un zombi consciente? ¿Un reborn?

—¿Un qué?

—Así los llamamos. Renacidos. Sigues teniendo conciencia. No todos lo logran.

—Pero… yo nunca morí.

—Es solo una forma de decirlo. El virus destruye la parte consciente, despierta lo salvaje. Pero tú… tú lo estás resistiendo.

Jun sintió que se ruborizaba cuando ella lo inspeccionó más de cerca.

—¡Hey! ¡Deja de mirarme así!

—¿Incluso te sonrojas? ¡Qué adorable! —y lo abrazó.

Él, nervioso, la alejó con suavidad. Su instinto empezaba a desbordarse.

—¡Basta! No quiero hacerte daño…

—¿Te mordieron?

—Sí.

—Y aun así… sonríes.

Rumie sonrió con complicidad.

—Eres especial, Jun. Juntos podríamos ayudar a los demás.

—¿Cómo?

—Con canciones. Hay formas de tranquilizarlos. Si cantamos juntos, podríamos potenciar el efecto. Y tú podrías mantener el control. No sería la cura, pero… es un comienzo.

—¿Y una cura real?

—Aún no existe. Pero de donde vengo, están trabajando en una. Si llegamos allí… quizá podamos salvar a tu familia.

Jun asintió en silencio. Por primera vez en horas, una chispa de esperanza ardía dentro de él.

—¡Qué bueno, todavía hay señal! —exclamó Rumie.

Jun sacó su celular. Tenía un mensaje. Era de Ryu. Lo llamó de inmediato.

—¿Ryu? ¿Estás bien?


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